«La sala de las lágrimas» el rincón donde el cardenal deja de ser hombre y se convierte en Papa
En el corazón del Vaticano, justo detrás de los frescos imponentes del Juicio Final de Miguel Ángel, hay una pequeña sala de apariencia modesta pero de enorme peso espiritual.
Es la “sala de las lágrimas”, el lugar íntimo donde el nuevo Papa, recién elegido por sus pares en cónclave, se recoge unos minutos antes de presentarse al mundo con su nueva identidad: Vicario de Cristo.
La tradición señala que es aquí donde el cardenal —hasta hace unos segundos uno más entre 133— se encuentra solo por primera vez con el peso del mandato petrino.
En ese silencio apenas interrumpido por la emoción, cambia su sotana roja por la blanca, el símbolo visible de su transformación.
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El nombre de esta habitación no es casual: se dice que fue Gregorio XIV, en 1590, el primero en llorar abiertamente allí tras aceptar su elección.
Desde entonces, ese rincón pasó a conocerse como la “sala del llanto” o “de las lágrimas”. Y es que lo que ocurre en esos metros cuadrados va más allá del rito: es un umbral espiritual, el momento en que el elegido toma conciencia de que su vida ha cambiado para siempre.
Sin más ornamento que un sofá rojo, una mesa, un perchero y una ventana cubierta por una cortina, el espacio contrasta con la magnificencia de la Capilla Sixtina.
No hay dorados ni frescos deslumbrantes; solo recogimiento, recogimiento y más recogimiento. Es la pausa sagrada en medio de la ceremonia.
En esta sala también esperan tres sotanas blancas, de diferentes tallas, para que el nuevo pontífice elija la que mejor le calza. Pero esa decisión no es solo de ajuste físico: representa el primer acto de humildad frente a una misión que lo sobrepasa.
Aunque es asistido por el maestro de ceremonias pontificio, este momento pertenece al Papa solo.
Allí no hay discursos ni saludos. Solo la certeza de que, desde ese instante, será el rostro visible de la Iglesia católica en la Tierra.
Y cuando vuelva a cruzar esa puerta —ya no como cardenal, sino como Sumo Pontífice— lo hará revestido de blanco y con una carga que, como decían los antiguos, exige morir a uno mismo para vivir en el servicio de todos.
“La sala de las lágrimas” no solo guarda las lágrimas de emoción de quien asume la responsabilidad de pastorear a más de mil millones de fieles.
También custodia el instante más humano de uno de los roles más sagrados de la Iglesia católica.
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