Dos cónclaves, tres papas y una historia que marcó al Vaticano

En la historia contemporánea de la Iglesia Católica, 1978 se destaca como un año singular e irrepetible: en un lapso de apenas dos meses, el Vaticano vivió la pérdida de dos pontífices y la realización de dos cónclaves consecutivos, dando lugar al nombramiento de tres papas en un mismo año.
El primer acontecimiento ocurrió el 6 de agosto de 1978, cuando falleció el papa Pablo VI, quien había asumido el pontificado en 1963 y liderado la Iglesia durante 15 años, incluyendo la clausura del Concilio Vaticano II, uno de los eventos más transformadores del catolicismo moderno.
Su muerte activó de inmediato los protocolos vaticanos, entre ellos el luto oficial y la convocatoria al cónclave para elegir a su sucesor.
Tan solo 20 días después, el 26 de agosto, el cónclave concluyó con la elección del cardenal Albino Luciani como nuevo pontífice, quien adoptó el nombre de Juan Pablo I, un gesto simbólico que buscaba rendir homenaje a sus predecesores Juan XXIII y Pablo VI.
Conocido por su humildad, cercanía y sonrisa afable, Juan Pablo I fue recibido con esperanza por millones de fieles en todo el mundo.
Sin embargo, su papado marcaría otro hecho inédito: duró solo 33 días. El 28 de septiembre de 1978, Juan Pablo I falleció repentinamente en el Vaticano, dejando al mundo consternado y a la Iglesia nuevamente en situación de Sede Vacante.
Las causas oficiales señalaron un infarto agudo al miocardio como motivo del deceso, aunque su muerte ha dado pie a numerosas especulaciones a lo largo de las décadas.
Ante esta situación, los cardenales fueron llamados nuevamente a Roma para un segundo cónclave en menos de dos meses. La elección concluyó con la designación del cardenal polaco Karol Wojtyla como papa Juan Pablo II, el 16 de octubre de 1978, marcando otro hito histórico: era el primer papa no italiano en más de 450 años.
El llamado “año de los tres papas” ha quedado grabado en la memoria de los fieles católicos como una época de conmoción, transición y profunda renovación para la Iglesia. La breve pero significativa figura de Juan Pablo I, apodado “el papa de la sonrisa”, continúa siendo recordada con afecto por su sencillez, humanidad y visión pastoral.