¿Qué pasa cuando el COVID-19 irrumpe en el cerebro?

Así como las infecciones respiratorias pueden causar malestar gastrointestinal y erupciones cutáneas, también pueden desencadenar síntomas neurológicos y psiquiátricos que afectan el comportamiento humano.
El COVID-19 ha devastado a la población mundial durante más de un año y la mayoría todavía piensa en la enfermedad como una infección respiratoria. Sin embargo, aunque comienza allí, el virus puede afectar otros sistemas del cuerpo: el corazón, la piel, los vasos sanguíneos e, incluso, el cerebro.
En la etapa aguda y severa, el efecto más común en el cerebro es una condición temporal conocida como delirio. Las personas hospitalizadas con COVID-19 tienen un alto riesgo de desarrollar el trastorno, que se caracteriza por una atención fluctuante y desorientación, extremos emocionales, agitación, alucinaciones y paranoia, o en ocasiones lo contrario, una expresión emocional muy plana.
“El ciclo sueño-vigilia suele interrumpirse y el delirio empeora clásicamente a medida que avanza el día. En el hospital no es raro ver que un paciente que está perfectamente alerta y consciente por la mañana se confunde y alucina por la tarde”, explica Aarón Waistein, psicólogo y psiquiatra, especialista en complicaciones mentales por infecciones ajenas al cerebro de Hospital de la Universidad de California.
Por lo general, el delirio afecta del 10 al 15% de los pacientes hospitalizados en los pisos de medicina general y del 50 al 70% de los pacientes en la UCI. Puede ser causado por diferentes estímulos (infecciones, medicamentos, abstinencia, cirugía) y parece ser una reacción cerebral común a una enfermedad grave o medicamentos que alteran la conciencia. El delirio se asocia con estadías hospitalarias más prolongadas, más complicaciones y un mayor riesgo de muerte.

En el contexto del COVID-19, las estadías en la UCI mucho más largas de lo normal bajo sedación intensa y las restricciones en las visitas familiares significan que el delirio es extremadamente probable en pacientes muy enfermos. “En los ancianos o en otras personas con afecciones cerebrales preexistentes, el delirio a veces puede ser el primer síntoma de una enfermedad”, sugiere Linda Kay, gerontóloga especialista en salud mental del Hope Memorial de La Jolla. La alteración de la conciencia y del comportamiento son, a veces, la razón por la que las familias llevan a sus seres queridos a la sala de emergencias, y allí les diagnostican COVID-19.
“El delirio puede ser aterrador e incluso peligroso. Los pacientes, con miedo y confusión, pueden intentar escapar, sacar intravenosas, catéteres y tubos de respiración, e incluso atacar a familiares o personal”, cuenta Marcos Gallo, director de asistencia en UCI de la Clínica Las Condes de Chile.
Sin embargo, esta afección es temporal. Los síntomas tienden a mejorar con el tiempo, el tratamiento de las causas subyacentes, la interrupción mínima del sueño y la presencia de elementos familiares junto a la cama. La afección no conduce a una psicosis duradera, aunque a veces puede haber consecuencias psiquiátricas, como ansiedad o flashbacks.
La bruma mental
El SARS-CoV-2 puede tener otros efectos directos sobre el cerebro y el sistema nervioso. Se han documentado casos de encefalitis (infección cerebral), infección de la médula espinal, convulsiones, daño nervioso, neurodegeneración y neuroinflamación. Se han encontrado partículas de SARS-CoV-2 en el cerebro, lo que demuestra que puede ser un objetivo de infección.
Los niveles altos de inflamación cerebral pueden provocar síntomas como pérdida de memoria, confusión cognitiva o depresión, que, después de haber durado hasta diez meses, podrían continuar indefinidamente después de la enfermedad aguda. Hasta el 45% de los pacientes en el hospital experimentan algún tipo de síntoma neurológico: dolor de cabeza, pérdida del gusto u olfato, accidente cerebrovascular o confusión.
“Si bien la mayoría de los pacientes con COVID-19 nunca son hospitalizados y se recuperan por completo, existe una cohorte creciente de enfermos de larga data: personas que aún no se encuentran bien meses después de la infección inicial, explica Waistein. Muchos de estos pacientes nunca estuvieron lo suficientemente enfermos como para ser hospitalizados, pero sin embargo experimentan fiebres a largo plazo, fatiga paralizante, confusión cognitiva, fluctuaciones en los signos vitales como taquicardia (frecuencia cardíaca alta) o incapacidad del sistema de regulación de la presión arterial del cuerpo para compensar los cambios posturales que provocan mareos al ponerse de pie o al cambiar de posición.
En un estudio, el 69% de los pacientes con “COVID prolongado” describieron niveles anormales de fatiga, y el 15% reconoció síntomas de depresión clínica cuando se evaluó casi dos meses después del alta. Mady Hornig, psiquiatra de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Columbia que ha estudiado durante mucho tiempo el papel de los factores infecciosos en la encefalomielitis miálgica, síndrome de fatiga crónica (EM/SFC), quedó con este síntoma después de una presunta infección por COVID-19. Durante semanas después de enfermarse, a menudo estaba tan cansada que, dice, “sentí que no podía hacer nada más, mi cerebro estaba vacío”.
La niebla cognitiva común se describe como dificultad para pensar, recordar detalles o tomar decisiones. Se desconoce la causa, pero se cree que está relacionada con la respuesta inmunitaria del cuerpo a los efectos inflamatorios del virus en los vasos sanguíneos del cerebro. Para muchos, estos síntomas han durado meses sin un final a la vista.
*Con información de Rve